Una saga familiar de lechería que combina pasión, trabajo diario y desafíos económicos.

En el corazón del este de Córdoba, en el paraje Los Quebrachitos, la familia Tosolini ha dedicado décadas a la producción lechera, donde cada día comienza antes de que amanezca y termina cuando el reloj lo permite. La cuarta generación, representada por Pablo, sigue con la tradición de sus antepasados, sosteniendo la actividad pese a que no hay festivos ni descanso para las vacas. El vínculo emocional con los animales es tan fuerte que se convierte en motor y razón de ser de la empresa familiar.

La historia comenzó con Anselmo, el abuelo de Pablo, que ordeñaba a mano unas pocas vacas y vendía leche a cooperativas locales. Con el paso del tiempo, su hijo Ernesto impulsó la producción de quesos y otros productos bajo marcas propias para agregar más valor al negocio familiar. Hoy la empresa comercializa diversas líneas de productos lácteos y mantiene un tambo con miles de litros producidos cada día.

Sin embargo, la situación actual no es fácil. Después de algunos años más favorables, los aumentos constantes en los costos de insumos, energía y mano de obra han golpeado con fuerza la rentabilidad. La leche se vende hace tiempo sin ajustes en su precio, lo que hace que reponer el rodeo sea casi inviable, a pesar de que generan empleo para numerosas personas de la zona.

Pablo y su familia, como muchos otros productores lecheros argentinos, sienten que la actividad no se valora como corresponde y que las respuestas institucionales son insuficientes. Aun así, continúan la labor diaria con la misma pasión que sus antepasados, convencidos de que el tambo es mucho más que un negocio: es un legado vivo que se sostiene con amor por las vacas y por la tradición.

Deja un comentario

Tendencias