La producción de cerdo en Argentina alcanza niveles históricos. El consumo interno también estableció nuevos máximos. Pese a estos indicadores que hablan de un sector dinámico, las granjas enfrentan una erosión creciente de su rentabilidad que amenaza la viabilidad de sus operaciones.
El crecimiento productivo ha sido notable. Año a año, los productores han incrementado los volúmenes salidos de sus instalaciones. En paralelo, la demanda interna mostró un apetito similar: los argentinos consumieron nunca tantas cantidades de este tipo de carne. Ambos fenómenos parecían apuntar a un sector en expansión.
Los números crecientes, sin embargo, traen consigo efectos secundarios indeseados. La sobreoferta relativa de carne de cerdo en el mercado local presiona los precios hacia abajo. Las importaciones, que han aumentado durante el período, intensifican esta presión competitiva. El resultado es que los productores reciben menos dinero por cada kilogramo vendido, lo que erosiona sus ingresos totales.
Simultáneamente, los costos de producción suben. Muchos insumos críticos se cotizan en dólares, lo que significa que cualquier fluctuación cambiaria o aumento del tipo de cambio impacta directamente en los gastos operativos de las granjas. En un contexto de volatilidad económica, esta dependencia se convierte en un riesgo permanente.
La brecha entre ingresos menguantes y costos crecientes genera una situación insostenible para muchos productores. Las granjas, situadas en el extremo más frágil de la cadena de valor porcina, son quienes cargan la responsabilidad de esta contradicción. Producen más, responden a una demanda creciente, pero enfrentan márgenes de ganancia cada vez más ajustados que ponen en cuestión la continuidad y el crecimiento futuro de sus operaciones.
Imagen: Samira / Pexels – Con informacion de Infocampo





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